La renta fija, sí es fija.

Con cierta frecuencia, cada vez que los fondos de renta fija sufren alguna depreciación más o menos prolongada, se reproduce un titular en los medios con el aviso de que “la renta fija no es fija”.

Es una frase que está alejada de la realidad y que, en nuestra opinión, puede tener su base en olvidar en qué consiste un título de renta fija, en el error de confundir el riesgo de una inversión con la volatilidad de sus cotizaciones, o en ambas cosas a la vez.

A la renta fija se le denomina así, porque el resultado de la inversión es conocido desde el momento en que se adquiere. Consiste en prestar el dinero a una empresa o a un estado, durante un tiempo, a una tasa de interés y una forma de devolución pactadas de antemano.

Hay emisiones, como las de deuda subordinada, convertibles y otras similares, en las que puede existir un riesgo adicional, porque los pagos o devoluciones están sujetos al cumplimiento de unas condiciones, lo que puede provocar que no se perciban todos los intereses o incluso no se reciba el importe prestado inicialmente o se reciba en forma de acciones u otros títulos.

Sin embargo en un título de renta fija tradicional, como puede ser un bono del estado, el mecanismo es muy simple: Se entrega una cantidad de dinero, se reciben los intereses pactados con la periodicidad establecida y al final del plazo se recibe la devolución de la cantidad entregada inicialmente. Salvo incumplimiento por parte del emisor, desde el primer día sabremos el dinero que obtendremos y no existe incertidumbre sobre el resultado final. No hay riesgo de que el resultado se desvíe del cálculo inicial

Para facilitar su transmisión y dotarlos de liquidez (capacidad de recuperar el dinero antes de la finalización del plazo), los títulos de renta fija son admitidos a cotizar en los mercados secundarios, en los que se encuentran los poseedores de los títulos y quienes estén interesados en adquirirlos. Y es aquí donde viene el lio, porque entra en juego la ley de la oferta y la demanda, que no solo tiene en cuenta los cambios en el valor de las emisiones sino también las expectativas sobre éstas.

La cotización en un mercado secundario está sujeta a variaciones. Te pongo un ejemplo un poco exagerado para ayudar en la explicación: Imagina que adquieres en el momento de su emisión de un bono a un año con un interés anual del 5% y pago anual del rendimiento (pago de cupón anual) junto a la devolución del importe prestado (valor nominal o importe principal).

Sin que haya transcurrido un mes, te arrepientes y decides acudir al mercado secundario para vender el bono y recuperar el importe invertido. En ese momento se encuentra que la misma entidad ofrece una nueva emisión, pero no al cinco por ciento sino al 10%. Está claro que, si quieres vender su bono, tendrá que bajar el importe a percibir para que otro inversor escoja el tuyo con un interés inferior al que se oferta.

Como mucho podrá optar a recuperar 95,45 euros por cada cien invertidos, porque es la cantidad que si acto seguido decide invertir en los nuevos bonos al 10%, le generarán los 105 correspondientes al importe del préstamo más los intereses de su bono original.

De forma inversa, si una nueva emisión ofrece un interés inferior al de su bono, podrás pedir más dinero del que invertiste inicialmente. Pero, tanto si hay variables en contra como si lo son a favor, si esperas el plazo fijado en el bono, aunque durante un tiempo haya cotizado a un precio inferior o superior, recuperarás el importe inicial y los intereses pactados. La renta fija es fija en el plazo establecido.

La renta es fija, lo que puede cambiar es el valor diario.

Los fondos de inversión deben valorar los activos en cartera según el precio de cotización en el mercado secundario, para publicar el valor diario de las participaciones del fondo (Valor Liquidativo). Por eso, aunque al vencimiento sus activos puedan recuperar su valor inicial, podemos ver rentabilidades negativas respecto al precio de las participaciones.

Las variaciones en tipos de interés no son lo único que afecta a la cotización de los títulos de renta fija. La confianza en cuanto a la capacidad de hacer frente a las obligaciones por parte del emisor, el deterioro o mejora de su situación económica, o las expectativas más o menos racionales del conjunto de inversores, entre otros más, están detrás de los cambios de precios.

Nos encontramos por tanto ante un tipo de activos en los que si bien no hay riesgo o poco riesgo sobre el resultado final, presentan un grado de dispersión (volatilidad) de sus precios en el mercado secundario que pueden generar pérdidas o mayores ganancias si se liquidan antes del vencimiento.

El gráfico que ilustra este artículo presenta la evolución de la cotización del bono llamado Schatz, emitido por el gobierno alemán. Es el equivalente un bono a dos años al 6% anual y pago de interés también anual. Mientras que su rentabilidad está definida, y aunque tenga menor rango de dispersión que un activo de renta variable, la volatilidad es perfectamente apreciable.

Recuerda preguntar siempre a tu asesor financiero la duración de la cartera de un fondo de inversión en renta fija y su volatilidad media anual. Te ayudará a decidir mejor.

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